Entrevista al Dr. Andrés Chávez en revista Qué Pasa

Entrevista al Dr. Andrés Chávez en revista Qué Pasa

La cannabis que llevamos dentro

Luego de crecer observando los efectos que las drogas hacían en los muchachos de su población, Andrés Chávez se transformó en neurocientífico, y en un referente mundial de un tema de vanguardia: el sistema endocannabinoide, la cannabis biológica que corre por el cerebro y el cuerpo humano, y que parece tener mucho que decir sobre la forma en que pensamos, sentimos y observamos el mundo.

Por Nicolás Alonso // Ilustración: Vicente Reinamontes Junio 24, 2016

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¿Qué debe hacer este muchacho de once años, Andrés Chávez, que ahora está mirando a otros dos un poco más grandes que él, totalmente idos, esta tarde de 1989 en la población Santa Olga, para transformarse en quien se va a transformar? ¿Qué pasos debe seguir, él que antes los ha mirado consumir neoprén o pasta base y que por primera vez los ve fumar marihuana, para transformarse en un científico de vanguardia mundial, un referente en el sistema endocannabinoide, la intrincada red neuronal que distribuye la anandamida, una molécula prácticamente idéntica al THC de la marihuana, que corre por nuestro cerebro y cuerpo y aún es un enorme misterio?

En primer lugar, aburrirse. Aburrirse mucho. Matar las largas tardes solo en su casa desarmando todo tipo de objetos —juguetes, radios—, mientras su padre trabaja su taxi y su madre cose bolsillos en una fábrica. Armarlos de nuevo, y esconder las piezas que sobran. Aburrirse, también, en su liceo, el D-585, pasar cada año siempre a punto de reprobar, pero aprovechar las tardes junto a sus compañeros para jugar en la calle, para crear cosas —carros de carrera, una máquina para hacer hilo curado—. Corretear por las calles, subirse a un árbol para escapar de algún borracho y al saltar quebrarse un pie. Jugar al fútbol y quebrarse un brazo, más de una vez. Quebrarse, también, los dedos. Soñar con ser traumatólogo y crear una clínica, una buena clínica, para atender a su población.

Llegar así, arrastrándose, hasta cuarto medio, y saber que no le van a alcanzar el puntaje ni las notas para estudiar Medicina. No saber qué decirles a sus padres, que quieren que estudie algo a como dé lugar. Escribir en la papeleta, finalmente, Pedagogía en Biología, con la vaga idea de que podría irle bien haciendo experimentos, pese a que su colegio nunca tuvo un laboratorio. Recordar que ha hecho de comer en su casa desde los diez años, y siempre le ha gustado hacer mezclas raras, sentir los olores, ver qué pasa.

Pensar en el único libro que le ha gustado y que ha leído entero en su vida, tres veces. Uno que le dieron en el colegio, Cazadores de microbios, escrito por un biólogo estadounidense, Paul de Kruif, donde conoció las historias de los hombres que descubrieron el mundo microscópico. Creer, como lo había hecho antes, que esos tipos de nombres extraños, Anton van Leeuwenhoek , Louis Pasteur, Robert Koch, los dueños de esas historias, no parecían en realidad genios, sino sólo jóvenes con ganas de resolver misterios, de saber qué había detrás de las cosas.

Y pensar, sobre todo, en la primera frase de ese libro. La misma que casi treinta años después tendrá en la pantalla de su computador, en la oficina en la Universidad de Valparaíso en la que dirigirá el Núcleo Milenio Biología de Enfermedades Neuropsiquiátricas (NuMIND), en donde, tras volver a Chile después de hacer su posdoctorado en el Albert Einstein College de New York, se dedicará a hacer estudios de vanguardia en el sistema endocannabinoide, la “marihuana biológica” del cerebro. La frase que dice: “Hace unos doscientos cincuenta años, un hombre humilde, llamado Leeuwenhoek , curioseó por vez primera en el seno de un mundo nuevo y misterioso…”.

Considerar que ese hombre humilde bien podría ser él.

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El laboratorio es una habitación subterránea, pequeña y abarrotada. A simple vista, nada de lo que hay en ella parece gran cosa: un par de microscopios ensamblados allí mismo, unos bidones viejos de hielo seco, computadores, pizarras, cuadernos. Y un montón de recipientes, de todos los tamaños, en donde está lo que importa de verdad: las delicadísimas láminas de cerebro de ratón, cortadas por cuchillos macroscópicos para no destruir ninguna neurona, ningún engranaje del sistema endocannabinoide. En ellas, los tres investigadores que trabajan bajo tierra esta tarde en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Valparaíso, dos hombres y una mujer, intentan encontrar respuestas para algunas de las preguntas del doctor Andrés Chávez: cómo ese sistema, el de la cannabis endógena, determina la forma en que vemos el mundo, qué relación tiene con la generación de emociones, qué rol podría jugar para evitar las adicciones a drogas.

Andrés Chávez, que camina entre ellos, con el pelo largo tomado en una cola y barba candado, dice que todas las preguntas que intentan resolver allí, un poco a tientas, son coletazos de la revelación de 2001, el año, le gusta decir, en que se abrió la caja de Pandora. Ese año, tres laboratorios distintos, en EE.UU. y en Japón, publicaron un hallazgo que sorprendió a la comunidad científica: el descubrimiento de cannabinoides endógenos, en términos simples, de receptores en las neuronas del cerebro y el cuerpo que reciben anandamida, una molécula descrita en los años 60 de características idénticas al THC, el principal constituyente de la marihuana, pero no psicoactiva. Y la evidencia de que cumplían una función clave: generar lo que los neurocientíficos llaman “depresión a corto plazo”, es decir, frenar brevemente las líneas de comunicación entre las neuronas. Hacer pausas entre las descargas eléctricas para que éstas se puedan entender.

—Estas moléculas endocannabinoides vienen de un ácido esencial del organismo, necesario para la generación de las membranas, y funcionan como nuestro cable a tierra —dice Chávez, con la sonrisa de quien sostiene una verdad polémica—. En cierta forma estamos hechos de eso.

El consumo de antidepresivos aumenta la cantidad de endocannabinoides en el cerebro, lo que podría ser un factor clave en los estados anímicos de los pacientes, pero también alterar la memoria y el aprendizaje.

Andrés Chávez, también investigador del Centro Interdisciplinario de Neurociencia de Valparaíso, dice eso, pero rápidamente se ataja: cada vez que toca el tema, intenta dejar claro que eso no quiere decir que apoye el consumo de la planta de cannabis, ni tampoco lo contrario. Que eso no tiene nada que ver. Está cansado de que lo saquen de contexto, o lo etiqueten como el “doctor marihuana”. Lo cierto es que en 2001, el año en que se abrió la caja de Pandora, él tenía 23 años, estaba realizando investigaciones en retina de ratones en el laboratorio de la Universidad de Leipzig, Alemania, era el primer alumno del recién creado magíster en Neurociencia de la Universidad de Valparaíso, y la idea de una red endocannábica a través del cuerpo humano lo dejó obsesionado. Poco antes había consumido cannabis por primera vez y le intrigaba cómo trabajaba en el cerebro. O por qué parecía ser parte de él.

Para estar allí, en donde podría leer de primera mano los centenares de papers que saldrían sobre el tema, había vivido una transformación. Tras mudarse de la población Santa Olga a Valparaíso, había estudiado Pedagogía en Biología con poco interés, sacándose las notas mínimas para pasar los ramos, hasta que cerca del final de la carrera lo enviaron a ayudar al laboratorio de Adrián Palacios, un neurocientífico que estudiaba la visión de las ratas. En ese lugar, dice, su cabeza cambió: aunque no entendía nada de lo que hacía, la vida de laboratorio le volvió a desempolvar las ideas, ya olvidadas, que lo habían llevado a la ciencia.

—Por primera vez, y aunque me pasé meses sin que me saliera un solo experimento, sentí que podía hacer lo que quisiera —dice Chávez, en la oficina desde donde dirige su centro—. Empecé a leer como burro para entender. Sentí que podía encontrar o descubrir un mundo, lo que había buscado desde niño, desde que leí ese libro.

Pronto llegarían sus primeros golpes. Su primer paper, sobre la visión ultravioleta del degú, un ratón endémico de Chile, lo llevó hasta Alemania, sin hablar una palabra de inglés, a investigar y luego hacer un magíster. Y después a Estados Unidos a investigar para su doctorado, en el National Institute of Health, donde realizó a escondidas sus primeros experimentos con endocannabinoides, por el recelo científico que existía sobre el tema, y que en Chile, dice, aún existe. Tras publicar en Nature parte de su tesis de doctorado, sobre la forma en que algunos receptores del ojo se comunican de una forma no tradicional, sin consumir calcio —lo que inspiraría sus descubrimientos posteriores en cannabis endógena—, decidió dar un paso adelante: se fue a hacer un posdoctorado al Albert Einstein College, en Nueva York, con el único objetivo de entender mejor la forma en que ese sistema, el endocannabinoide, actuaba en el cerebro. Quería entender, como muchos otros, si esas moléculas que estaban en todo el cuerpo tenían otras funciones ocultas, aparte de regular la red neuronal, que no podíamos entender.

Y lo que encontró remeció el sistema. La puerta que abrió, luego de experimentar en centenares de ratones, multiplicó el misterio: en 2010 publicó en Nature Neuroscience el hallazgo de que las moléculas de anandamida, el “THC biológico”, además de su función de regular el flujo eléctrico por despolarización —ingresando calcio en la neurona— actuaban también sobre un receptor de la neurona, llamado TRPV1, asociado a la transmisión del dolor. Y, como todo receptor, potencialmente manipulable.

Cinco años después, cuando volvió a Chile con la idea de formar un centro dedicado a estudiar las causas de enfermedades neuropsiquiátricas como la depresión, esquizofrenia, trastorno bipolar y TOC, y entender sus relaciones con los endocannabinoides, seguía con la misma duda: ¿Qué era exactamente lo que había encontrado? ¿Qué hacía allí, en medio de todo esto, el dolor?

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Lo que quería saber, en principio, era lo obvio: qué pasaría si modificaba el receptor TRPV1 e impedía que las moléculas de anandamida bloquearan la transmisión neuronal. Pero a medida que empezó a hacer experimentos, las evidencias fueron mostrando otras preguntas.

“La cannabis funciona en patologías como la epilepsia refractaria, en menores de edad, pero también hay evidencia de que  en edades tempranas puede gatillar esquizofrenia o bipolaridad, si tienes predisposición genética”.

Una de las primeras fue la relación entre esas moléculas con la serotonina, el neurotransmisor encargado de regular la respuesta a estrés en el organismo, que juega un rol clave en depresiones y suicidios, y con quien comparte receptores neuronales. En ese campo han hecho avances, que están en proceso de publicación, que señalan que el consumo de antidepresivos aumenta la cantidad de endocannabinoides en el cerebro, lo que podría ser un factor clave en los estados anímicos de los pacientes, pero también —y de esto es de lo que tienen evidencias más claras— alterar la memoria y el aprendizaje, al estar sometida la red neuronal a un bloqueo constante. El plan de Chávez, que hoy está intentando en su laboratorio, es ver qué pasaría al bloquear el TRPV1, y evitar el corte de las transmisiones.

También saben otras cosas: que la mayor presencia de endocanabinnoides es durante la etapa de desarrollo del cerebro, cuando éste es más plástico, y que lograr bloquear esos receptores podría tener un efecto contra las adicciones a la cocaína y la metanfetamina, que ocupan canales similares. Pero el hallazgo que más estimula al doctor Andrés Chávez, y que está en proceso de revisión para ser publicado, es la extraña relación entre estas moléculas y la forma en que vemos el mundo. Luego de encontrar receptores de endocannabinoides en partes de la retina, lleva dos años haciendo estudios en ratones con el sistema endocannabinoide activo y bloqueado, y ya ha comprobado que los primeros muestra una adaptación a la oscuridad mucho mayor. Esas evidencias, que a futuro podrían contribuir a posibles tratamientos contra enfermedades como el glaucoma y la retinitis pigmentosa, disparan, más que cualquier otra cosa, la imaginación en el laboratorio.

—Tus ojos tienen fotorreceptores, por donde captan la luz, y en ellos hay receptores de endocannabis. ¿Qué están haciendo allí? ¿Qué está pasando a nivel de sensación? ¿Estamos viendo el mismo color? ¿Los mismos pixeles? En este momento en que nosotros estamos conversando, en mis ojos se están liberando encannabinoides, que están modulando lo que veo. ¡¿Qué cresta hacen allí?!
En principio, han tratado, por supuesto, de contestar todas esas preguntas como lo haría cualquiera de nosotros, si supiéramos manipular cerebros: bloqueando totalmente el sistema endocannabinoide en ratones. Pero estos no parecen, a simple vista, estar más deprimidos, ni aprender menos, ni nada de lo que se podría esperar. Sólo ven peor en la oscuridad, y engordan. Engordan hasta ser obesos en la adultez, en una reacción que aún no pueden explicar, pero que a Chávez le aumenta esa extraña felicidad que un científico puede encontrar en acumular misterios.

En cambio, lo que le molesta, dice, es la insistencia diaria de distintos grupos, a favor o en contra de la cannabis medicinal, para que se sume a sus causas. Pese a que hace poco firmó un acuerdo de colaboración con la Fundación Daya, que promueve el uso de cannabis medicinal, para poder acceder a extractos a menor costo —en Chile, para usar un extracto de cannabis hay que pagar al Instituto de Salud Pública tanto por la internación como por la utilización—, cree que la discusión sobre el tema es una pelea de sordos, tanto de parte del Estado como de los grupos que la promueven, en la que ninguno de los dos quiere investigar ni escuchar evidencia para tener una discusión seria al respecto.

—Yo no estoy en ninguna de las dos veredas, porque no saben de lo que están hablando. He visto evidencia de que la cannabis funciona en patologías como la epilepsia refractaria, en menores de edad, pero también hay mucha evidencia de que el consumo en edades tempranas puede gatillar esquizofrenia o bipolaridad, si tienes predisposición genética. Quizás te estoy curando de algo, pero no sé qué te estoy haciendo por otro lado. Abramos la cabeza, si queremos discutir de verdad. Y si puede ayudar a ciertas patologías, invirtamos y veamos si es dañina o no.

—¿Por qué puede producir esquizofrenia?
—Si tienes un componente genético, es lo más probable. Porque produce una sobreinhibición del sistema límbico, que regula las emociones. Te lo disminuye al máximo, y altera otros. Si eso pasa antes de que se produzca la poda sináptica, cuando el cerebro llega a la madurez y desecha lo que no necesita, que es cerca de los 16 o 17 años, puede que sus conexiones queden más débiles. Eso te puede generar patologías, desde cambios de ánimo hasta trastornos de ansiedad, esquizofrenia o TOC. Por otro lado, es cierto que puede servir para tratar epilepsia refractaria, glaucoma, dolor neuropático y cancerígeno, pero no sé si te estoy generando un trastorno secundario. Antes de decir que en realidad sirve, investiguemos los efectos y preguntémosle a la gente que sabe.

—Eso parece bastante obvio. ¿Por qué no se hace?
—Porque todos están en los extremos. El gobierno saca campañas que dicen que si fumas no vas a poder abrocharte los zapatos, un extremo; y otros gritan que consumir cannabis te va a curar todo, otro extremo. ¿De qué estamos hablando? A mí me gustaría llamar la atención de los que generan estas políticas gubernamentales, para que conversen con la gente que sabe del tema. Y no soy el único, sólo no tengo miedo a decirlo. Hay un montón de científicos que trabajan con el sistema endocannabinoide y no lo dicen, porque tienen miedo de que los encasillen, que digan que son volados. Yo vengo de una población, y ya me encasillaron de ladrón alguna vez en la vida. Así que da lo mismo eso. Pero hay que ser un poco más serios.

Link a entrevista en Qué Pasa

 

Entrevista al Dr. Andrés Chávez en revista Qué Pasa